viernes, 9 de marzo de 2012

Las críticas contra el nacionalismo popular



 Maximiliano Basilio Cladakis

En el artículo “El nacionalismo patológico”, publicado en el diario, La Nación, el historiador Luis Alberto Romero sostiene que los argentinos padecemos de un nacionalismo patológico. Según Romero, dicho nacionalismo se caracteriza por tener como uno de sus rasgos principales originar “un sentimiento que gobierna sus juicios y prejuicios” a la vez que combina “soberbia con paranoia y demanda la unidad del pueblo detrás de su gobernante – quien quiera que sea – contra el enemigo y sus agentes,  que frecuentemente son otros argentinos”.

    En el mismo texto, Romero nos habla, sin embargo, de un nacionalismo “no-patológico” que  nuestro país vio florecer durante el siglo XIX. A diferencia del nacionalismo “patológico”, el nacionalismo “sano” decimonónico se caracterizaría por  ser un proyecto integrador respetuoso de las diferencias y que “convocó a todos los hombres del mundo, sin distinciones, dispuesto a vivir bajo su Constitución”. Sin embargo, el surgimiento del nacionalismo “patológico” desplazó esta concepción “sana” del nacionalismo y la concepción que primó era la que se sustentaba en “la idea de la unidad de la nación, y la existencia de un elemento común y homogeneizador, esencial y eterno, que empezó a ser conocido como ser nacional”.

   Según Romero, el nacionalismo “patológico” tuvo tres claras expresiones a lo largo de nuestra historia: el nacionalismo católico, el nacionalismo militarista y el nacionalismo populista. A pesar de las diferencias entre sí, las tres  expresiones compartirían un suelo común: “alguien se arroga el poder de definir la Nación Sagrada, y, consecuentemente, el poder de condenar a los otros, a quienes califica de antipatriotas o, peor aún, de apátridas”.

    De los tres tipos de nacionalismo “patológico” mencionados en el artículo, está claro  que el objeto principal de la crítica del historiador de La Nación es el  nacionalismo populista. Precisamente, se trata del nacionalismo que volvió a  resurgir en estos años y contra el cual el propio Romero es un militante confeso. Representado, primeramente por el peronismo clásico, y hoy por el kirchnerismo, Romero lo considera,  incluso, como el peor de los tres y como el que más mancilló su sentido decimonónico. “La misma palabra (nacionalismo), da origen noble, me parece ya irrecuperable, manchada por las connotaciones que le han agregado el chauvinismo, el integrismo católico, el militarismo y, sobre todo, el populismo”.

  Sin embargo, a pesar del intento de profundidad,  las críticas al nacionalismo “populista” que lleva cabo Romero se sustentan en, al menos, tres puntos, no sólo discutibles, sino refutables.

1.- El criterio  metodológico: La estrategia de Romero para criticar el nacionalismo populista consiste en equiparlo con el nacionalismo católico y con el nacionalismo militarista a partir de supuestos rasgos discursivos que guardarían en común,  para así permitirle  establecer la categoría omniabarcante de “nacionalismo patológico”. Si bien quien escribe no posee formación como historiador, tiene en claro que la comprensión de los acontecimientos históricos y su complejidad sobrepasan todo reduccionismo. Reducir el nacionalismo del primer peronismo y el del kirchnerismo a una mera expresión más del “nacionalismo patológico” significa un proceso de abstracción que decapita a ambas experiencias históricas. Para comprender el nacionalismo peronista y el nacionalismo kirchnerista (como también para comprender cualquier otro acontecimiento histórico-politico) se deben tener en cuenta factores tales como las clases sociales que fueron interpelados por una y otra fuerza, la forma en que tal o cual discurso legitimó tal o cual proyecto político, el modelo de integración social que se llevó a cabo, etc. Se trata de factores que el “análisis” de Romero deja absolutamente afuera. En efecto, si tenemos en cuenta criterios como los mencionados, queda en evidencia que el nacionalismo “populista” se encuentra en las antípodas del nacionalismo militarista y del nacionalismo católico, y que la construcción discursiva de “nacionalismo patológico” no es más que un intento de llevar a cabo una supuesta crítica ingeniosa al movimiento político del que se es opositor.


2.- La atribución de características substancialistas al nacionalismo popular:   Por otra parte, Romero le atribuye al nacionalismo “populista” (de ahora en más lo llamaremos de la forma en que este movimiento se define a sí mismo: nacionalismo popular) una serie de rasgos discursivos que no posee, y, que incluso, rechaza. El nacionalismo popular, al menos en los casos argentinos de los que habla Romero, no se fundamenta en una idea de Nación substancialista, eterna, inmutable, etc. Ni los discursos de Perón ni los de la Presidenta interpelan a una unidad metafísica de este estilo. Por el contrario, la caracterización de la “Nación” en el nacionalismo popular implica dinamismo, se hace referencia a sectores sociales, a la vida de los hombres concretos, a sus preocupaciones y necesidades. La Nación aparece, no como una unidad dada de antemano, hecha de una vez para siempre, sino como “vida nacional”, es decir, como proyecto de vida en común que involucra a la totalidad de los argentinos, sobre todo a las grandes mayorías (precisamente este es un rasgo propio del nacionalismo popular, frente a los nacionalismos elitistas en sus versiones católicas o militaristas). En el caso de los escritores e intelectuales que podrían ser enrolados dentro del nacionalismo popular, lo dicho por Romero queda rebatido fácilmente, ni Jauretche, ni Cooke, ni Ramos, por nombrar algunos, no sólo no parten de una idea substancialista de “Nación”, sino que son acérrimos críticos de este tipo de planteos.

3.-  El “integracionismo” del nacionalismo sano: Si bien Romero no menciona nombres propios ni fechas precisas, cuando habla del nacionalismo “sano”, podemos suponer, sin temor a equivocarnos, que se trata del Proceso de Organización Nacional llevado a cabo durante la segunda mitad del siglo XIX. El historiador sostiene que se trató de un nacionalismo integrador y respetuoso de las diferencias. Si tenemos en consideración que el Proceso de Organización Nacional se llevó a cabo bajo la oposición sarmientina “civilización-barbarie”, la tesis de Romero parece, al menos, tambalearse. La lectura de nuestra historia como un conflicto permanente entre la civilización y la barbarie, fundamentó la consolidación del Estado Nacional como lucha contra la barbarie. No hace falta más que recordar que, bajo el auspicio de dicha lucha, se legitimó la aniquilación de los caudillos del interior  (aniquilación que tiene como ejemplo la decapitación del Chacho Peñaloza, aplaudida por el propio sarmiento), la masacre contra el Paraguay y el genocidio de la llamada “Campaña del Desierto”. A partir de ese mismo lema, el propio Sarmiento proclama que ningún negro, gaucho, pobre o indio iba a pisar jamás el Congreso Nacional. A menos que “integración” y “sin distinciones” tengan en Romero un sentido diferente (opuesto, mejor dicho) a los dados habitualmente, el nacionalismo “sano” no pareciera ser tan sano.

   Cuando surgió el Instituto de Revisionismo Histórico Dorrego, Romero fue uno de sus más fervientes críticos. El historiador decía que quienes formaban parte de dicho Instituto no guardaban un interés genuino por la historia y que sus móviles eran políticos, por lo que llevaban a cabo un relato histórico unilateral cuya función no era otra que legitimar una visión política determinada. Al leer el artículo publicado en La Nación, da la impresión que los ataques de Romero contra el Instituto no son otra cosa que la proyección en el otro de sus propias acciones.

Día Internacional de la Mujer Trabajadora


miércoles, 7 de marzo de 2012

Me aferré ciegamente a los hombres y mujeres humildes de mi pueblo

La mayoría de los hombres que rodeaban entonces a Perón creyeron que yo no era más que una simple aventurera. Mediocres al fin, ellos no habían sabido sentir como yo quemando mi alma, el fuego de Perón, su grandeza y su bondad, sus sueños y sus ideales. Ellos creyeron que yo "calculaba" con Perón, porque medían mi vida con la vara pequeña de sus almas. Yo los conocí de cerca, uno por uno. Después, casi todos lo traicionaron a Perón, algunos en octubre de 1945, otros más tarde. Me di el gusto de insultarlos de frente, gritándoles en la cara la deslealtad y el deshonor con que procedían o combatiéndolos hasta probar la falsía de sus procedimientos y de sus intenciones. Yo me quedé sola junto a mi coronel hasta que se lo llevaron prisionero. Desde aquellos días desconfié de los amigos encumbrados y de los hombres de honor y me aferré ciegamente a los hombres y mujeres humildes de mi pueblo que sin tanto "honor", sin tantos títulos ni privilegios saben jugarse la vida por un hombre, por una causa, por un ideal.
Evita, "Mi mensaje".

martes, 6 de marzo de 2012

Estoy dispuesta a seguirlo, donde quiera que vaya

Vi a Perón demasiado solo, excesivamente confiado en el poder vencedor de sus ideales, creyendo en la primera palabra de todos los hombres como si fuese su propia palabra, limpia y generosa, sincera y honrada. No me atrajeron ni su figura ni los honores de su cargo y, menos, sus galones de militar. Desde el primer momento yo vi su corazón, y sobre el pedestal de su corazón, el mástil de sus ideales sosteniendo cerca del cielo la bandera de su Patria y de su Pueblo. Vi su inmensidad, una soledad como la de los cóndores, como la de las altas cumbres, como la soledad de las estrellas en la inmensidad del infinito. Y a pesar de mi pequeñez, decidí acompañarlo. Por seguirlo, por estar con él, hubiese sido y hubiese hecho cualquier cosa menos torcer la ruta de su destino. Fue cuando le dije un día: "estoy dispuesta a seguirlo, donde quiera que vaya".
Evita, "Mi mensaje".

lunes, 5 de marzo de 2012

Nunca me olvidé de las miserias de mi pueblo y pude ver sus grandezas

Todo lo que me quiso brindar el círculo de los hombres en que me toca vivir, como mujer de un presidente extraordinario, lo acepté sonriendo, "prestando mi cara" para guardar mi corazón. Sonriendo, en medio de la farsa, conocí la verdad de todas sus mentiras. Yo puedo decir ahora lo mucho que se miente, todo lo que se engaña y todo lo que se finge, porque conozco a los hombres en sus grandezas y en sus miserias. Muchas veces he tenido ante mis ojos, al mismo tiempo, como para compararlas frente a frente, la miseria de las grandezas y las grandezas de la miseria. Yo no me dejé arrancar el alma que traje de la calle, por eso no me deslumbró jamás la grandeza del poder y pude ver sus miserias. Por eso nunca me olvidé de las miserias de mi pueblo y pude ver sus grandezas. Ahora conozco todas las verdades y todas las mentiras del mundo. Tengo que decirlas al pueblo de donde vine. Y tengo que decirlas a todos los pueblos engañados de la humanidad. A los trabajadores, a las mujeres, a los humildes descamisados de mi Patria y a todos los descamisados de la tierra y a la infinita raza de los pueblos! como un mensaje de mi corazón.


Evita, "Mi mensaje"